“ARMENIA”, por Juan Chiummiento Kassabian

Había imaginado varias veces cómo sería transitar por las calles de Armenia. Me pensaba caminando y buscando en las caras ajenas algún rasgo común con mi familia materna. La frente, la nariz, la boca, el blanco de los ojos. Algo.
Había escuchado historias de aquellos que viajan al pueblo de sus antepasados y se emocionan en cada encuentro, y pensé que podía pasarme lo mismo. Me veía abrazando gente, sonriendo y contando mi historia a cada paso.
Sin embargo, los sueños son muy distintos a la realidad. Llegamos a Erevan un domingo por la mañana y el panorama distó bastante de ser el más favorable. No sólo fue difícil encontrar algún rasgo común, sino que se complicó encontrar alguien a quien mirar. Las calles estaban desiertas. “Aquí nos levantamos tarde”, nos dirán después. No fue el mejor comienzo.
Pasaron los días y yo seguía con mi búsqueda. Se producían algunos encuentros que le daban lugar a la esperanza. Los armenios se ponen contentos cada vez que encuentran un gen perdido del otro lado del mundo: siempre que mencionaba mi apellido florecían sonrisas y apretones de manos.
Aprendimos que la terminación “Ian” podía remitir a distintos significados: una ciudad, un nombre propio, una profesión. “¿Kassabian? Tu familia se dedicaba a cortar las cabezas de los animales. Un oficio del campo”, nos explicó una mujer después de una cena. Avanzamos.
Estábamos cerca del final del viaje cuando entonces encontré lo que buscaba. Compartíamos un almuerzo a orillas del lago Sevan cuando fijé mi mirada en una niña que no debía superar los 7 años. Mi cara cambio: “Estabas shockeado”, dirá mi novia un rato después. La veía y veía a toda mi familia. Primero mi mamá, después mis primas. La misma boca, la misma nariz, los mismos ojos.
La conversación seguía con el resto de la mesa: nos contaban de su vida en Rusia (cuando no, los armenios emigrando de su tierra). Pero desde que apareció la niña, y a pesar de mis esfuerzos por seguir el ritmo de la charla, hacía lo que en mis sueños, que ahora sí se tocaban bien de cerca con la realidad.